Del ridículo y los impertinentes
Categorías: Cinco minutos de español, Columnas
Publicado por: Plan D
Entre los asistentes a la casa de Anna Pávlovna Scherer llamaron mi atención dos damas. No fue ni su físico, ni su rango —una era una “princesita” y la otra, creo recordar, una condesa—. Lo que me inquietó fueron sus acciones; más específicamente, los objetos con que realizaron tales acciones. El vizconde de Mortemart contaba una historia acerca de Napoleón y un duque ruso conocido de todos. Las dos damas se acercaron al narrador y cada una hizo algo raro: la condesa sacó sus impertinentes y la princesita tomó su ridículo antes de sentarse a escuchar la narración. Es sabido, o creído, que los aristócratas son extravagantes, pero esto me resultó además oscuro. ¿Para qué lleva una condesa a un grupo de impertinentes?, seguramente quería molestar al vizconde y se aseguró de que sus acompañantes fueran molestos. ¿Era normal que la princesita cargara con su ridículo a todos lados?, ¿ese “ridículo” era su esposo o se trataba de una acción vergonzosa que había cometido ella y que ahora traía a cuestas a cuanto lugar se acercaba? Algo muy raro pasaba con las damas rusas del siglo XIX.
Antes de seguir leyendo Guerra y Paz, de León Tolstói, me era indispensable desentrañar esas misteriosas conductas. Afortunadamente, se trataba de actividades absolutamente normales. Los impertinentes son unos lentes que en lugar de “patitas” para engancharse a las orejas cuentan con una vara que es necesario sostener con la mano; la condesa no quería molestar al vizconde, quería verlo mejor. El ridículo (en este caso de reticulus: redecita) es una bolsa tejida que usaban las mujeres para llevar los guantes, el pañuelo y otros objetos; la princesa no presumía sus faltas, ni a su marido, solamente era precavida y cuidaba sus pertenencias.
La literatura es una proveedora natural de palabras. Desde luego, leer una novela sólo para ver qué “nuevas” palabras encontramos puede resultar bastante aburrido; sin embargo, una vez emprendida la lectura, adquirir vocablos que antes nos resultaban ajenos o descubrir otros significados a los que ya conocíamos (como en el caso de “impertientes” y “ridículo”) es altamente satisfactorio.
La palabra (y la literatura), querido lector, es suya.
Este texto es una versión libre de mi participación en el programa Aquí entre nos, de Mary Carmen Romo, transmitido en Radio BI (11/03/09)






