La calle de los héroes

Categorías: Columnas
Publicado por: Plan D

por Carlos Galindo/

En la ciudad de Silvis, Illinois, existe una calle de sólo cuadra y media de longitud conformada por alrededor de 25 viviendas. Esta calle se fundó en 1930 cuando algunos trabajadores ferrocarrileros, en su mayoría mexicanos, fueron desalojados de los vagones donde vivían y reubicados en un callejón polvoriento. Durante muchos años la calle permaneció sin pavimentar, con pocas casas mal construidas, soportando un clima extremoso. No obstante, de estas humildes casas han salido más de cien hombres y mujeres para engrosar las filas del ejército norteamericano. Ocho de estos soldados dieron heróicamente su vida en la Segunda Guerra Mundial. Todos ellos eran estudiantes méxico-americanos de nivel bachillerato. Ningún otro lugar de tamaño comparable en Estados Unidos ha contribuido con más héroes para su propio ejército. Por esta razón, la antes llamada Calle Secundaria, ahora porta orgullosa el nombre de Calle de los Héroes. El 6 de octubre de 2007 se situó en esta calle un pequeño monumento en honor de los soldados caídos, la escultura representa un águila calva americana posada sobre una milenaria pirámide mesoamericana. Todos los jóvenes, hombres y mujeres, salidos de esta pequeña calle son el vivo recuerdo de los otrora gloriosos caballeros aztecas.

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Cuando pensamos en personas de carne y hueso es difícil encontrar héroes verdaderos. Todos tenemos fallas y defectos. Sin embargo, existen alrededor de doce millones de mexicanos que, sopesando su coraje y esfuerzo versus fallas y defectos, bien podemos considerar como verdaderos héroes modernos. Los migrantes mexicanos contribuyen ahora, como lo han hecho desde siempre, al desarrollo de sus dos hogares, México y Estados Unidos.

En el siglo xix los trabajadores mexicanos, hombres y mujeres, ayudaron en la construcción de la red estadounidense de ferrocarriles. Durante las dos guerras mundiales la mano de obra mexicana mantuvo pujante la agricultura y la industria en el vecino país del norte. Pero no sólo el trabajo de los braceros contribuyó a la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Los mexicanos y sus hijos lucharon tan valerosamente que diez de ellos recibieron la máxima condecoración del ejército estadounidense, la Medalla de Honor. Actualmente los migrantes mexicanos aportan su energía a la economía de ambos países. Por ejemplo, según datos de la Current Population Survey, sólo en 2005, los empleadores tuvieron un ahorro de 53 mil millones de dólares gracias a los bajos sueldos que pagaron a los varones mexicanos. A esta cifra falta añadir la contribución de las mujeres, el ahorro obtenido por negarles prestaciones laborales, el valor económico del producto de su trabajo, etcétera. Según un estudio de la universidad de Princeton, sólo en 2004, los trabajadores indocumentados contribuyeron con 7 mil millones de dólares al seguro social estadounidense vía retención de impuestos (y ninguno de ellos podrán tener acceso a beneficios sociales por no tener documentos migratorios). En México basta decir que, a pesar de la crisis y las redadas, las remesas continúan siendo la segunda fuente de ingresos para nuestra economía. Ninguno de nosotros, mexicanos y estadounidenses, podríamos disfrutar del nivel de vida que tenemos de no ser por el trabajo de los migrantes.

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¿Y cómo les retribuimos a nuestros héroes su esfuerzo? Hoy, como antes, sufren discriminación racial, abusos y explotación. El gobierno de Estados Unidos se niega a otorgarles derechos civiles, organiza redadas laborales, destruye sus familias y los encierra en modernos campos de concentración (como la llamada Tent City en Arizona). Se estima que por cada dos trabajadores indocumentados capturados en las redadas, un niño o una niña estadounidense ve destruida su familia. Algunos estadounidenses racistas organizan cacerías humanas en la frontera y grupos de choque para golpear a cualquier persona de piel morena en las ciudades. El gobierno mexicano se hace de la vista gorda y no participa activamente en la defensa de los derechos de los migrantes, olvida sus comunidades de origen y las mantiene sumidas en la pobreza. Algunos mexicanos asaltan y extorsionan a los migrantes y sus familias.

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Afortunadamente, todos nosotros podemos hacer algo. Los migrantes se organizan, marchan en las calles, votan en las urnas y exigen sus derechos (y hacen todo esto mientras trabajan para mantener a sus familias). Nosotros podemos ayudarlos. El primer paso es informarnos.

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El académico canadiense Victor Piché dijo en una conferencia: “en las ciencias sociales no existen leyes universales pero yo les voy a decir una, cuando las cosas van mal los gobiernos buscan grupos vulnerables, como los inmigrantes, para usarlos como chivos expiatorios”. Algunas personas advenedizas e ignorantes, como Samuel Huntington, el sheriff Joe Arpaio y los llamados Minutemen intentarán negar las contribuciones de nuestros paisanos. Pero todos nosotros, mexicanos y estadounidenses, estamos moralmente obligados a reconocer y recordar el esfuerzo y valentía de nuestros héroes migrantes.

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