1918, el año de la influenza

Categorías: Columnas, Sextante
Publicado por: Plan D

por Carlos Galindo /

truppers

El general Erich Ludendorff preparó sus sturmtruppers para invadir París. Con sus nuevas tácticas de infiltración habían tomado por sorpresa a cuatro divisiones británicas y cuatro francesas. Los estadounidenses habían mandado algunos refuerzos pero no los suficientes como para organizar un contraataque. Únicamente los refuerzos australianos y canadienses podrían marcar alguna diferencia. A sólo 100 kilómetros de distancia, París parecía estar al alcance de sus manos. Ludendorff ordenó que los cañones Krupp empezaran a disparar sobre la capital de Francia. Y entonces, un soldado estornudó…

trincheras

En 1918, la primera ola de influenza llegó con la primavera. Parecía un resfriado común hasta que se registraron muertes en edades atípicas. En el fuerte Riley, en Kansas, 46 soldados fallecieron víctimas de una extraña combinación de gripe con neumonía. Algunos médicos escribieron reportes sobre la “fiebre de los tres días”. Pero no se dio ningún aviso internacional. En medio de la primera guerra mundial los gobiernos evitaron reconocer que sus soldados morían por culpa de una extraña enfermedad.

En Europa la influenza se esparcía entre el lodo y la suciedad de las trincheras. Hospedado en miles de hombres exhaustos y debilitados por la guerra, el virus mutó. La segunda ola de influenza llegó al final del verano y se esparció rápidamente por todo el mundo. El gobierno español, neutral en el conflicto bélico, fue el primero en dar la voz de alarma. Las personas jóvenes y saludables se despertaban con fiebre ligera por la mañana, durante el día desarrollaban los síntomas de la influenza, por la tarde comenzaban a vomitar sangre y morían al terminar el día. Los pocos médicos y enfermeras que no acompañaban a los ejércitos ponían en riesgo sus propias vidas, en casas y hospitales, para luchar contra un asesino desconocido. En varios países se decretaron medidas urgentes contra la epidemia. No obstante, a pesar de todos los esfuerzos, miles de personas morían cada día. Así llegó el final del otoño y, junto con él, la última y más mortífera ola de influenza.

Es difícil saber cuántas personas fueron afectadas por la pandemia. Los estimados oscilan alrededor de 50 millones de muertos en todo el mundo. Fred van Hartesveldt escribió: “sin duda alguna, la influenza mató a más personas, en un quinto del tiempo, que todos los soldados de la primera guerra mundial con sus ametralladoras, gases venenosos y artillería rápida.”
influenzamemorial
Durante el año siguiente el número de contagiados y muertos descendió. La enfermedad parecía desaparecer. Pero los investigadores médicos no iban a dejar escapar a este asesino desconocido. Durante 10 años le siguieron la pista. En 1930 finalmente se logró aislar al virus H1N1. Este nombre hace referencia al tipo de proteína que le permite al virus entrar en nuestras células (Hemaglutinina 1) y al que le permite salir (Neuraminidasa 1). Gracias a este logro se estableció que, después de 1918, el virus había mutado dando lugar a epidemias cíclicas mucho menos letales. También se descubrió que el virus pasó de humanos a cerdos pero sin llegar a ser mortal para estos animales. Durante la década de los 50 quedó claro que algunas variedades de influenza pueden transmitirse fácilmente entre humanos y animales, por ejemplo la gripe aviar (H5N1). En 2005, un grupo de investigadores militares estadounidenses, dirigidos por Jeffery Taubenberger, desenterraron en Alaska a una víctima de la epidemia de 1918. Gracias a los restos congelados de esta víctima descifraron el código genético de la variedad letal del H1N1 y lograron reconstruirla por completo. Actualmente, este grupo de investigadores realiza experimentos con el virus asesino de 1918.

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Con la reciente epidemia de influenza ha quedado claro, a nivel mundial, que no podemos saber lo que nos depara el futuro. La evolución de esta enfermedad es impredecible. No obstante, existen razones para ser optimistas y esperar que no se repita en el futuro una pandemia semejante a la de 1918. Es verdad que algunos intereses políticos y económicos, por parte de los gobiernos y de la industria farmacéutica, siguen jugando en contra de la salud pública. Pero por principio, ya no imperan las terribles condiciones de la primera guerra mundial. Hemos acumulado conocimientos importantes sobre varias cepas de influenza, lo cual nos ha permitido crear medicinas y tratamientos más eficaces. También hemos mejorado mucho en el combate a asesinos oportunistas como la neumonía. Y la sociedad está más informada y es capaz de responder mejor a los retos de salud pública.

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El biólogo mexicano Antonio Lazcano expresó en una entrevista: “es importante tener una actitud de optimismo, lo mismo que estar conscientes de que hay fuerzas naturales a las que nos enfrentamos con más deseos que posibilidades de triunfo, pero eso no significa bajar la guardia. Parafraseando a  Gramsci, habría que oponer al pesimismo de la inteligencia, el optimismo de la voluntad.” Y fue precisamente el optimismo de su voluntad lo que este investigador de la UNAM interpuso contra el virus H1N1. Durante los días que estuvimos en cuarentena, el grupo que coordina el Dr. Lazcano realizó, a marchas forzadas, el análisis evolutivo del virus que puso en jaque a nuestro país. Este análisis ya se ha difundido internacionalmente y servirá para dimensionar en su justa mediad los eventos recientes, así como para combatir epidemias futuras.

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