Quién dijo fobia
Categorías: Cinco minutos de español, Columnas
Publicado por: Plan D
La lengua (y quienes la hacemos y usamos) nos permite formar palabras a partir de “fobia” que resultan de una precisión asombrosa. El mecanismo es sencillo, tome la palabra que designa aquello que odia o teme (de preferencia en griego) y agregue como terminación “fobia”. Y aunque resultado no siempre es literalmente “odio o temor a”, alguna relación con tal significado tiene. Así, la “hidrofobia” (odio o temor al agua) no es tanto una respuesta emocional como física, debida a una enfermedad.
Ahora, si lo que quiere es que su miedo (y su palabra) sea incluido en el diccionario, es necesario que no sea usted el único que lo padece: el temor debe estar suficientemente extendido entre los hispanohablantes como para merecer su consagración por las academias.
A continuación, una muy restringida selección (10, pido perdón a los decafóbicos) de fobias que circulan por nuestra lengua (imagine cuántas personas tendrán que sufrir cada una como para que se haya acuñado y difundido la palabra que la nombra):
Araquibutirofobia: miedo a las cáscaras de cacahuate (en versión extendida, miedo a que las cáscaras o la crema de cacahuate se peguen al paladar). Este padecimiento contraria principalmente a padres de familia que ven en el sándwich de mermelada y crema de cacahuate el desayuno por antonomasia para niños que entran a las 7:00 de la mañana a la escuela.
Bolsefobia: miedo u odio a los bolcheviques. Por una extraña razón, esta fobia tiende a concentrarse en personas que nacieron antes de la década de 1980 y en mencheviques trasnochados.
Cacofobia: miedo u odio a la fealdad. Definitivamente un problema cuando quien sufre de ella es feo. (Debido a que la belleza y la fealdad gustan de esconderse en la subjetividad, puede ocurrir el paradójico caso de que un cacofóbico que tenga malos gustos aborrezca en realidad la belleza).
Cacoptrofobia: miedo a los espejos. Ninguna fobia es agradable, pero ésta hasta cierto punto resulta deseable para quienes padecen de cacofobia (especialmente para quienes además de cacofóbicos sean vanidosos).
Chamainofobia: miedo al Halloween (originalmente a la fiesta celta de Samhain). Sin lugar a dudas, otra prueba más de que hay que oponer fervientemente nuestro Día de los Muertos a la hórrida colonización cultural anglosajona.
Efebifobia: miedo (y comúnmente odio inconmensurable) a los adolescentes. Todavía se discute si se trata de un problema o de algo tan natural como la sed.
Helenologofobia: miedo u odio por los términos griegos. Si conoce a alguien que sufra este mal, evite decírselo.
Octofobia: miedo a la forma 8. Se aconseja que para disfrutar los cumpleaños 8, 18, etc. se opte por velitas de números romanos. (Además de la temible octofobia, otros números cuentan con su grupo de opositores particular: 4, tetrafobia; 13 triscadecafobia, 666 hexakosioihexekontahexafobia, etc.)
Ponofobia: miedo o repulsión a hacer cualquier trabajo. Así que no permita que lo discriminen, usted no es un flojo, sufre de ponofobia.
Zemifobia: miedo a los topos. Desafortunadamente, para los zemifóbicos el topo no está en peligro de extinción; peor aún, si el topo fuera sólo una criatura imaginaria, la fobia aún podría existir (la bogibofobia, miedo al “Coco”, confirma que se puede temer lo real y lo imaginario).
Este texto es una versión libre de mi participación en el programa Aquí entre nos, de Mary Carmen Romo, transmitido en Radio BI (01/07/09)







July 16th, 2009 at 12:50 pm
Muy buen post, da gusto ver que uno no es el único, aunque todavía no aparecen en el diccionario, aquí van algunas de mis fobias (esperemos que en los próximos años alcancen alturas lexicográficas:
Tejuinofobia: miedo irracional a las malteadas agrias de tortilla que venden en toda esquina en Guadalajara.
Ochentasfobia: miedo racional y razonable a la década en la que todo parecía un pastel de XV años.
Feminazisfobia: miedo a todas aquellas mujeres empeñadas en volver buey al toro.
Domingofobia: miedo al día de la semana en que el espacio y el tiempo se comportan de manera diferente. Quién sabe, quizá la gravedad amanece más fuerte. Ya hay cura: la cerveza y el futbol.