Carta a Ufemia
Categorías: Cinco minutos de español, Columnas
Publicado por: Plan D
“Eso no se dice” es, para algunos, un mantra.
Además de usar la lengua para los más nobles y retorcidos fines, le hemos endilgado un impoluto catálogo de tabúes. Hay palabras, frases, oraciones que no se dicen (o se dicen, aunque no se deberían decir), que “suenan” mal, que son propias de groseros y malvados. No nos queda más que hablar bien y seremos buenos. El problema aparece cuando nos damos cuenta de que el tal catálogo tiene una extensión considerable e invade temas de los que nos es indispensable hablar. Estar en casa de tus suegros, a punto de pedir la mano de tu novia, y necesitar de manera irrenunciable orinar, resulta un momento de total exigencia; ¿cómo harás del conocimiento de tu futura familia política tu prioridad fisiológica?, ¿cómo les explicarás que quieres mucho a su hija, pero que en ese momento lo único en que puedes pensar es en cómo aliviar la vejiga? Desde luego “Queridos Don Señor Suegro y Doña Señora Suegra, no puedo continuar platicando pues debo orinar” queda descartada, aunque sea la purita verdad. Lo mejor: “Disculpen, ¿me permiten su baño?”, aunque todo mundo sepa que lo que tienes que hacer es orinar. ¿Por qué tememos tanto a las palabras? A los niños pequeños se les enseña a hacer del uno y del dos, ¿de verdad hay quien no sepa qué tratamos de esconder con tales malabares léxicos? Es más, no saberlo echaría por tierra el objetivo de informar, sin informar; de decir algo, sin decirlo. A la sustitución de una palabra, frase u oración “fea” por una “bonita” (por más confusa que resulte) se lo conoce como eufemismo.
¿Eso está mal? Me parece que no, finalmente la lengua es nuestra y podemos hace con ella lo que queramos. Los eufemismos constituyen, por otro lado, una muestra divertidísima del ingenio de los hablantes. Nadie, en México, tiene ya amantes, aunque tengan su detalle, la otra, la capillita o un segundo frente. Los niños carecen de pene, pero eso sí, cuentan con pito, pajarito, amigo, cosita, chile o tiliche (¿qué hace un pediatra cuando una madre le pide que revise el chispispiajo del niño?). La cosa no queda en las palabras, nuestros aguerridos vecinos del norte se han dado gusto inventando circunloquios infames para esconder acciones terribles, ahora resulta que si mueres a causa de los errores de los soldados estadounidenses no eres un muerto sino un elemento más del “daño colateral”; los Estados Unidos ya no invaden países, “actúan de manera preventiva”.
Evitaré extenderme. Aunque no puedo dejar de señalar el torpe uso, y notable abuso, de los eufemismos por parte de algunos eufemísticamente incapaces políticos. Un ejemplo basta:
Hasta hace unos meses (porque seguro ahora todo es diferente) para obtener una credencial del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (antes Instituto Nacional de Adultos en Plenitud, antes Instituto Nacional de la Senectud) había que llegar a las cuatro de la mañana para hacer fila para pedir ficha a las seis para comenzar el trámite a las ocho para terminar pasadas las once. ¿Le importará a quienes deben hacer el trámite cómo les llamen si no tienen dónde sentarse, padecen de frío y reciben un trato denigrante? ¿Cuál es el objetivo de cambiar el nombre si no se cambia la actitud? La palabra “viejo” no es mala por sí sola, el problema es cómo tratamos a los viejos. ¿De verdad, llamarlos “personas adultas mayores” logrará que la señora maleducada que mastica con la boca abierta una torta con aguacate fosforescente mientras los regaña cambie su actitud? ¿Es más importante mudar designación, papelería y logotipos, que simplificar trámites ridículos? Y, además, ¿”adultos en plenitud”?, ¿qué quiere decir eso? Si un adulto de 18 años se siente absolutamente feliz, puede considerarse en plenitud. ¿”Personas adultas mayores”?, ¿mayores que qué, que las personas adultas menores? En fin, quizá en unos años me toque llegar a las cuatro de la mañana para hacer fila… al Instituto de Adultos que Aunque Pasan de Cierta Edad Siguen Siendo Importantes Para El País Aunque No Lo Parezca.
Les devuelvo sus palabras, se las vuelvo después de usarlas, y que conste en esta carta que acabamos de un jalón (largo pero uno solo). A ver si a este post sí le dan contestación. Aquí queda como amigo, su afectísimo y atento y muy seguro servidor.
Este texto es una versión libre de mi participación en el programa Aquí entre nos, de Mary Carmen Romo, transmitido en Radio BI (13/10/09)









October 15th, 2009 at 9:06 am
Bue-ní-si-mo!
Es cierto, el problema no son las palabras, esas significan lo que nosotros hacemos, entonces, ¿lo que nosotros hacemos o, mejor, cómo lo hacemos, es el problema, no? Cambiar actitudes le vendría bien a este país, no sólo de parte de gobierno e instituciones sino de nosotros mismo como sociedad. No decir que para muestra basta un botón, sencillamente, porque hay muchas muestras de un sólo botón.
Y dándole contestación, a mi estimado, muy atento y segurísimo servidor, le regreso sus palabras, después de haberlas usado yo, más cansadas, más gastadas y con otra connotación porque “eso, que yo digo, no se dice” en alta voz.
October 16th, 2009 at 1:09 pm
Tomo la palabra para acordar con la tuya.
November 8th, 2009 at 10:10 am
Hasta hace poco -cuestión de 10 años- y quizá todavía ahora, los oficios de gobierno terminaban diciendo “le retiero las atenciones de mi consideración segura y distinguida”. Jeje.