De la mística y el rechace
Categorías: Cinco minutos de español, Columnas
Publicado por: Plan D
por Joel Grijalva /
Cualquier hablante es un potencial inventor de palabras. Si alguien se ve en la necesidad de acuñar, modificar o adaptar un vocablo, lo más probable es que lo hará. Sin embargo, la mera invención no es suficiente para que una palabra nueva se vuelva popular, mucho menos para que entre en el diccionario, antes tendrá que pasar algunas pruebas. Primero la palabra deberá convencer a su autor, una mera ocurrencia corre el riesgo de ser olvidada; pero si a quien se le ocurrió cree en la conveniencia de su creación, intentará soltarla de vez en cuando frente a los amigos, con la familia. Con algo de suerte, la palabra será adoptada. Después, ella luchará por fundar su imperio (y vaya que miles no lo logran; basta recordar los códigos familiares que resultan incomprensibles para los no iniciados “ah, pues un surmito, jajaja, así decía mi tío Teobaldo”, toda la familia ríe y tú quedas aislado y molesto). Supongamos que la palabra ha saltado la barrera familiar (primero estuviste desconcertado, pero tanto insiste tu novia con la mentada palabrita, que has terminado por aceptarla, y usarla), ahora deberá encontrar su espacio, ubicarse en la lengua, demostrar su poder y crecer, inmiscuirse en las conversaciones. Quizá tenga que trasladarse, recorrer mundo. Si tiene éxito, y el tiempo no la olvida; quizá llegará se convertirá en patrimonio de los hablantes.
Un factor que puede acelerar el proceso es la ubicación del creador de palabras. Y nadie mejor ubicado para ser oído ad nauseam que los narradores de partidos de futbol, y nadie con mayor capacidad de repetición: una y otra vez las mismas frases, una y otra vez las mismas palabras, las mismas ocurrencias.
Entre las miles de palabras que estos usuarios de la lengua han acuñado o modificado, hay algunas que van desapareciendo poco a poco, fueron llamarada de petate, y tan vagas e imprecisas resultaron que no tardarán mucho en caer en desgracia (a menos que un entusiasta famoso la retome y le infunda nuevos bríos). Como ejemplo tenemos “mística”. Súbitamente, hace un par de años el futbol se encontró desprovisto de problemas (o aciertos) comprensibles, no había más estrategias equivocadas, ni equipos desordenados, ni decisiones incorrectas, todo se debía a fallos o aciertos en la mística. ¿Qué querían decir con eso?, probablemente querían decir mucho; sin embargo, no decían absolutamente nada. “Mística” regresó a su lugar de origen y ahí continúa desprovista de su balompédica asociación (aunque Místico tenga algo que añadir).
Por otro lado, es posible que la discreta “rechace” resulte una ganadora. Aunque no aparece en los diccionarios, parece que suma adeptos sin sumar enemigos. Un rechace es una acción de tipo defensivo que consiste detener el avance del balón que amenaza con acercarse a la portería, se trata de un solo golpe (no hay control de la pelota) que no inicia (por lo menos no intencionalmente) una acción de ataque. El español cuenta ya con una palabra derivada de “rechazar”, “rechazo”. La virtud de “rechace” podría ser su especialización, se trataría de un sinónimo de “rechazo” restringido al ámbito deportivo. Además no se trata de una singularidad, una pariente cercana ha logrado ya su aceptación plena: “despeje”, que tenía como antecedente “despejo” (ambas, naturalmente, derivadas de “despejar”).
¿Esto es bueno o malo? Ni lo uno, ni lo otro, simplemente así es: algunas palabras serán modificadas, otras morirán y otras nacerán, a pesar de los aplausos y los abucheos.
Este texto es una versión libre de mi participación en el programa Aquí entre nos, de Mary Carmen Romo, transmitido en Radio BI (08/12/09)








