por Paloma Mora /
El Museo Nacional de la Muerte ya cumplió un año de existir en la ciudad y de seguro usted no ha ido. Quizá haya escuchado el nombre y hasta sepa que se encuentra en el antiguo Convento de San Diego, allá en el centro, frente al Parián. Este sitio alberga una enorme y bella colección donada por el grabador michoacano Octavio Bajonero sobre el tema de la muerte en México, originales y copias de la época prehispánica, algunas piezas coloniales, preciosas muestras de arte popular, así como obras de pintores y grabadores reconocidos de los siglos XIX y XX de la talla de Francisco Toledo, José G. Posada y Manuel Manilla.
El recinto es una joya en sí y muestra en sus patios algunas esculturas de gran tamaño hechas de papel maché. Desde la entrada nos recibe una conocida anfitriona, La Catrina, favorita de los extranjeros para tomarse una foto junto a su esbelta figura. Las salas son grandes y están algo atiborradas, pero vale la pena observar detenidamente cada una de las figuras presentadas. En especial, el arte popular muestra la convivencia tan particular que tenemos con la muerte, haciéndose presente en todas nuestras actividades.
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