por Joel Grijalva /
Esta novela tiene más de veinte años de edad, suficiente para que las palabras surgidas en torno a ella multipliquen por cientos el número de las que contiene. Sin embargo, como sucede con toda gran obra, Meridiano de sangre basta como objeto y argumento a favor.
El personaje principal es la violencia. Son violentos los mercenarios estadounidenses contratados para cazar a los indios que pueblan Chihuahua y Sonora. Son violentos los indios que atacan a otros indios, a caravanas y cazadores. Son violentos los mexicanos que pagan por las cabelleras de indios obtenidas por los estadounidenses. Capítulo a capítulo presenciamos matanzas salvajes y persecusiones demenciales. El personaje más “civilizado” está obsesionado con destruir todo aquello que logra clasificar. Y, sin embargo, el texto no contiene sino la violencia que precisa. La sangre desborda y aun así no sobra.
Los méritos, desde luego, no descansan en la temática, hacer morir a miles de personajes sin nombre no es cuestión de calidad sino del uso adecuado de los verbos “aniquilar”, “asesinar” o, llanamente, “matar”. McCarthy hace mucho más. El personaje que sirve para infiltrar al lector en la acción no tiene nombre, su descripción es en realidad la del mundo ...