por Joel Grijalva /
Uno de los rincones de la lengua que podría parecer menos controversiales es el de los gentilicios. Tomar el nombre del lugar y agregar alguna partícula (-ense, -eño, -eco, etc.) sería suficiente para generar la designación de quienes ahí viven; así, de Guerrero, guerrerense, de Acapulco, acapulqueño, y de Yucatán, yucateco. Pero, incluso en una región aparentemente armónica como los gentilicios, existen la discordia y, afortunadamente, la negociación. A continuación, dos ejemplos de que no siempre resulta secillo saber cómo nos llamamos:
Caso 1. De cómo darle la vuelta a la tortilla
Los habitantes del Distrito Federal tienen nombres para escoger: defeños, capitalinos, distritenses, chilangos y quizá otros más. ¿Cuál les corresponde? Creo que todos. “Defeño” es de uso común, “capitalino” se utiliza en discursos políticos y en muchos medios de comunicación de alcance nacional, “distritense” tampoco resulta extraño. Y “chilango”, bien..., es cuestión aparte: hace algunos años, además de un gentlicio informal, era un despectivo, se usaba para nombrar a las personas y, de pasada, soltarles un sincero “no te quiero nadita”. Con el tiempo, los chilangos solucionaron la cuestión de manera diplomática y aguda: en lugar de combatir infructuosamente contra una palabra, la aceptaron, y muchos la ...