por Joel Grijalva /
El estado de lector -lector de literatura quiero decir- ocurre cuando menos en dos momentos. Alrededor de los textos, uno puede comentar, juzgar, teorizar -y no necesariamente leer-. Podemos hablar de textos que no hemos leído e, incluso, emitir opiniones que no hemos formado (opiniones que tomamos prestadas de otros como también tomamos prestadas las lecturas de otros). Hay un momento social de la lectura, un momento en que coincidimos con esos otros (o discrepamos, para coincidir con otros otros) acerca de lo literario, de lo deseable, de lo efectivo (o de la irrelevancia del término "efectividad"), de lo estético, de lo pertinente... las más de las veces, acerca de por qué es bueno tal autor y no tanto de si es o no es bueno (o peor, nunca acerca de qué entendemos por "bueno" y "malo"). Hay otro momento de lectura, el momento propio de leer, cuando confesamos al texto lo que verdaderamente buscamos en él, cuando valoramos sus méritos desde la relativa comodidad de la intimidad. Es entonces cuando le pedimos a Ian Fleming que sea repetitivo (aunque en público nos quejemos de ello) o cuando le perdonamos a Stephen King sus finales (aunque digamos ...